Una idea de producto no vale nada hasta que alguien la pone a prueba. En el laboratorio la primera pregunta nunca es «¿mola?», sino «¿quién lo va a usar y cuánto cuesta hacerlo?». Con esas dos respuestas, la mitad de las ideas se caen la primera semana.
Las que aguantan pasan a boceto y, si hay algo que proteger, a patente. Después viene el prototipo: el momento en el que la idea deja de ser un dibujo y empieza a tener medidas, materiales y un coste. Aquí se cae la otra mitad, y también está bien: es mucho más barato equivocarse en un prototipo que en una serie de mil unidades.
Lo que sobrevive llega a producción. Y ahí se nota la ventaja de tenerlo todo bajo el mismo techo: el que diseñó la pieza sabe cuántas caben en una caja, y el que va a llevar esa caja a Paraguay ya estaba en la conversación.
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